
Recuerdo el primer parpadeo que observé de tus ojos, verdes como las hojas de los árboles, y con tal profundidad que el infinito se queda corto en su andadura a través de ellos. No era un parpadeo normal, pues en él había algo escrito. Algo indescifrable, codificado, sólo legible por una mirada como la tuya. Esa mirada no era fácil de encontrar, no sólo por el color de los ojos, verde como la esperanza, sino por el brillo que de ellos se desprendía. Estaba llena de vida, como si todo lo que fuese presentado ante ella fuera una obra de arte, la más bonita que había observado jamás. Yo, al verla, no pude evitar sentirme llena de alegría por dentro. Estoy segura de que esa mirada no trataba de transmitirme eso, al menos no de manera consciente, pero era algo inevitable, algo que simplemente ocurrió, y simplemente no quise detener. Ese parpadeo tenía aún mucho que desvelarme, al igual que esa mirada...y, todavía hoy, me queda mucho por conocer sobre ella...