
Resulta que la gente se llena la boca de hablar de buenas intenciones. Resulta que todos en la vida somos buenos, hasta que una mala acción demuestre lo contrario. Y, también, resulta que nuestra conciencia, fe o nuestros principios o ideas son muy válidos. Hasta ahí, todo bien. La cosa cambia cuando empezamos a pensar que nosotros, personalmente, tenemos la razón en todo. Eso empieza a convertirse en otra cosa, soberbia. También cambia cuando no aceptamos ningún aporte o idea que venga de los demás. Eso se convierte en egoísmo. Y sigue cambiando (y empeorando) cuando más que no aceptar, imponemos nuestra razón como la válida y no cesamos de criticar todo lo que hacen los demás, porque, por supuesto, eso que hacen está mal, puesto que nosotros somos poseedores de la verdadera moral. Pero, ¿quién marca el límite de la moral? ¿quién dice qué es moralmente aceptable y moralmente malo?
El problema radica cuando aplicas tus principios morales a todos los aspectos de tu vida, y de la vida de la gente que tienes a tu alrededor. A partir de ahí, tu soberbia, egoísmo y moral, hacen daño directo a cualquiera que se acerque. Quizá haya veces que no me plantee demasiadas cosas, ni haga demasiadas reflexiones. Pero, por contra, hay veces que prefiero no reflexionar, porque la reflexión puede llevarme a un hoyo fangoso en el que no quiero entrar.
Y, colorín, colorado, ¡que termine la función!
El problema radica cuando aplicas tus principios morales a todos los aspectos de tu vida, y de la vida de la gente que tienes a tu alrededor. A partir de ahí, tu soberbia, egoísmo y moral, hacen daño directo a cualquiera que se acerque. Quizá haya veces que no me plantee demasiadas cosas, ni haga demasiadas reflexiones. Pero, por contra, hay veces que prefiero no reflexionar, porque la reflexión puede llevarme a un hoyo fangoso en el que no quiero entrar.
Y, colorín, colorado, ¡que termine la función!