
Si dijese que no lo amaba, mentiría. Mentiría cual Pinocho en su cuento. Cada noche me acostaba soñando con su olor, y me despertaba anhelando su presencia. Cuando pasaba las horas a su lado, éstas parecían minutos y deshacía ese tiempo perdiéndome por su piel. Buscaba con mis labios el sabor de su cuerpo, y el alma se esfumaba de mi ser para irse al paraíso. "Esto no puede ser real", me repetía una y otra vez. Siempre que buscaba un apoyo, él estaba ahí con sus gestos, sonrisas y palabras que eran mi aliento. Si simplemente buscaba compañía, él no me defraudaba, siempre acudía a mí y con el simple roce de sus labios me hacía estremecer. Me sentía llena de vida, como si nada malo pudiera pasarme, y por fin, querida...