lunes, 7 de septiembre de 2009


El primer rayo de sol entró por una abertura de la persiana. Ella lo sintió en los ojos y se despertó. La luz le molestaba. Al fin y al cabo llevaba días sin salir de la cama y sin ver esa luz. A su lado en el suelo tirada la botella de la noche anterior. Al lado de ésta, las otras botellas de todas las noches anteriores y todos los pañuelos que sus lágrimas amargas habían secado. En la mesilla un cenicero lleno de colillas de todos los cigarros que se habían consumido. Igual que su vida. Una vida consumida por amor y quemada por pasión, que, de la misma manera que el cigarro, se había terminado y no había dejado nada más que un resto que tirar al suelo y pisar para dejar de él la menor huella posible. Pero en su corazón el cigarro no terminaba de consumirse, como su amor. Y su pasión no terminaba de apagarse. Por eso el dolor estaba más vivo que nunca.
Decidió que ése era el día de apagar todo definitivamente. Y se levantó. Sintió un dolor fuerte en la cabeza, apenas podía moverse. Fue hacia el baño vagando por un largo y estrecho pasillo, oscuro como todo en su casa, oscuro como su pensamiento de seguir adelante. Llegó allí, y se miró al espejo. La imagen que vió era totalmente distinta de la que tenía ella antes. Y lloró una vez más, aunque sus ojos ya no tuviesen apenas lágrimas que derramar...

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