
El vagón se alejaba de la estación dejando tras de sí una densa capa de humo que anunciaba su partida. La estación se quedaba solitaria. Yo, sentada en un banco leía las líneas que en tu despedida escribías para mí. En ellas me contabas los proyectos que tenías, las ilusiones que te hacían vivir plenamente, y la nostalgia que te invadía al alejarte de todo lo que te ataba a este lugar. Yo sabía que todo te iba a ir bien, y estaba feliz por ello. A veces no podía demostrártelo de la manera que quería, pero sabía que en tu corazón tú sentías cada impulso que le mandaba. Aun así, las lágrimas brotaron de mis ojos mientras trataba de manera impotente acabar con ellas. Al fin y al cabo te ibas, y no sabía si volvería a verte.
Miré al cielo, y vi una estrella que brillaba más que ninguna. Sé que tú también lo hacías. Pude ver el reflejo de tu mirada en ella, y sentí que nada podía pasarme, porque, estuvieses donde estuvieses, siempre estarías a mi lado.
Miré al cielo, y vi una estrella que brillaba más que ninguna. Sé que tú también lo hacías. Pude ver el reflejo de tu mirada en ella, y sentí que nada podía pasarme, porque, estuvieses donde estuvieses, siempre estarías a mi lado.





